lunes, 3 de septiembre de 2012

Entre el capital y la pachamama

Nota sutura y suplemento: Javier Hurtado escribió uno de los libros más destacados sobre el movimiento indígena: El Katarismo, el mencionado texto es una referencia ineludible en el tema de los movimientos indígenas en Bolivia. Tal vez si Javier hubiese continuado su carrera intelectual tendríamos otra visión del presente. Que mejor que el mismo autor nos explicase el porqué de sus caminos recorridos.

Por Javier Hurtado (+)
Publicado en el suplemento Animal Político del periodico La Razón el día 2 de septiembre de 2012.

El presente es parte del primer capítulo del libro que había entregado para su revisión a su editora. Javier deseaba escribirlo en tercera persona, aunque —se podrá notar en la lectura— le es imposible dejar de involucrarse y pasar a primera persona, particularmente cuando se trata de emitir su posición política. El texto será publicado en los próximos meses.


Irupana, como empresa, fue fundada con el nombre de Café  de Irupana a mediados de noviembre de 1985 por Javier Hurtado Mercado. Las experiencias de vida previas de Javier explican los orígenes y orientación de Irupana. Bachiller del colegio Metodista Instituto Americano de La Paz, en 1972; estudió Teología de la Liberación y Pedagogía de la libertad en Selly Oak Colleges, Birmingham, Inglaterra (1973-1974), con dos prominentes profesores: el teólogo José Miguez Bonino y el pedagogo Paulo Freire, quienes consolidaron sus orientaciones políticas ya adquiridas en el colegio y lo enrrumbaron hacia un marxismo humanista que, a su retorno a Bolivia en 1975, cuajó en su militancia en una fracción del POR (Partido Obrero Revolucionario), liderada por Filemón Escobar.
En 1976 lo invitaron a trabajar en el Centro de Investigación y Promoción del Campesinado (CIPCA), dirigido por los jesuitas Luis Alegre y Xavier Albó, donde estuvo a cargo del Proyecto Alto Beni y del apoyo al movimiento katarista de La Paz, liderado por Genaro Flores Santos.
En 1978, por mandato del partido, Javier, junto a su entonces compañera de vida Ute Mahling, se convirtió en militante profesional y su objetivo era ganar el movimiento campesino katarista hacia las posiciones trotskistas; sin embargo, con los años, los kataristas y el pueblo aymara le ganaron a él definiendo su comprensión de la historia, de su espacio y su cultura, lo que más tarde vino a llamarse la “cosmovisión andina”.
Javier había estudiado Sociología en la Universidad Mayor de San Andrés de La Paz y egresó en 1979. En 1980 fue exiliado a Lima y por ello tuvo que repetir su egreso en la Universidad Católica de Lima, Perú, y se graduó de Licenciado en Sociología de la Universidad Federico Villarreal. En 1984, todavía en el exilio, obtuvo su doctorado en Sociología Rural en la Universidad Libre de Berlín.
Su trabajo de doctorado fue publicado por Hisbol bajo el título de El katarismo (1985), que es un análisis e historia del movimiento campesino katarista, dirigido por Genaro Flores Santos entre 1960 y 1983, con el cual estuvo cotidianamente involucrado hasta mediados de 1983, cuando se realizó el Segundo Congreso de la CSUTCB (Confederación Sindical Única de Trabajadores Campesinos de Bolivia), dentro de la cual el katarismo se unificó con las organizaciones campesinas dirigidas por la izquierda marxista.
Su aprendizaje del mundo rural y urbano aymara lo llevó, hacia el año 1983, al convencimiento de que los planteamientos socialistas clásicos eran incompatibles con la cultura  aymara y andina en general.
Para la racionalidad andina, y en particular para la cultura aymara, es impensable un mundo sin posesión familiar de la tierra, sin propiedad colectiva formal por parte de la comunidad, sin mercados ni espacios para los emprendedores familiares.  Y, fundamentalmente, es impensable una sociedad en la que el ser humano es el centro de la vida y la naturaleza es sólo un recurso a explotar para beneficio de los seres humanos.
En el mundo indígena la naturaleza es la Madre Tierra, es un ser vivo inteligente, autocreador de vida y con sentimientos, y, por lo tanto, es el centro de la creación. Esta cosmovisión es incompatible con todas las formas occidentales de sociedad; con la cultura occidental y cristiana, y el capitalismo por su objetivo en la concentración ampliada del capital a costa de la biodiversidad y del ser humano, pero también con el socialismo llamado científico para el cual la naturaleza es también sólo un recurso que, con el desarrollo de las fuerzas productivas, beneficiaría principalmente al ser humano y a    la sociedad.
En el exilio, Javier vivió desde principios de 1981 hasta comienzos de 1985 en Alemania, en una casa de la Prinzen Alle 58, en Berlín occidental, donde aprendió un mundo nuevo para Europa: el mercado de los productos ecológicos, orgánicos y biodinámicos que se convirtieron, a partir de los 80 en una tendencia creciente del mercado mundial. No podía pasar desapercibido para él que todo aquello que era apreciado con gran valor para la salud humana, para los suelos, el agua y aire del planeta, y por lo tanto con alto valor monetario, eran productos que en la Bolivia urbana y rural existen en la vida cotidiana como algo normal sin el valor extraordinario que en realidad tienen.
Su experiencia política, su trabajo rural y su formación como sociólogo le permitieron comprender que en el país tenemos esos privilegios de la naturaleza como producto de nuestro desarrollo desigual y combinado respecto al mundo dominante e incluso a nuestros vecinos.
Somos un país atrasado respecto a los países ricos por el hecho de que en Bolivia no se consumó una revolución democrático-burguesa, como se esperaba de 1825 y de 1952. En Bolivia no hubo una clase dirigente ni un empresariado capaz de modernizar el país y eso, en parte, explica el por qué tenemos todavía hoy el fruto de una agricultura definida como atrasada para los conceptos tecnológicos de la revolución verde.
Decimos en parte porque la otra explicación, incluso más importante, fue y es que en la Bolivia de 1985 la  realidad se combinaba con una producción agrícola concebida como “atrasada”, pero esencialmente sana, gracias a la presencia mayoritaria del mundo indígena de diversas naciones, nacionalidades y grupos étnicos, quienes tercamente se resistieron a todos los proyectos de modernización colonizadora, desde el virrey Toledo en la Colonia hasta más tarde en los intentos de penetración del capital financiero internacional y las ideas desarrollistas del socialismo científico, y a pesar de todo mantuvieron sus prácticas agrícolas y culturales de reciprocidad y respeto por la madre naturaleza, por la Pachamama.
Podríamos decir que el mayor aporte de Javier fue haber realizado una lectura dialéctica de su realidad, de la relación entre su entorno geográfico ecológico y su sociedad, en haber comprendido que la Tierra es la Pachamama y que el secreto mayor para vivir bien es tener la lectura adecuada de cada ecosistema, aprender de éstos una estrategia de administración y aprovechamiento de los recursos humanos y ecológicos que reproduzcan la propia vida y no la depreden.
A pesar de que nuestro país está siendo también afectado con los deshielos de nuestros glaciales y montañas, las inundaciones y las sequías, la contaminación de nuestros ríos y otras calamidades, al poseer 1.098.585 de kilómetros cuadrados y sólo nueve millones de habitantes, seremos uno de los territorios menos afectados y de los que mayor albergue pueden ofrecer a millones de seres humanos, y puede producir millones de toneladas de alimentos sanos, orgánicos y estratégicos. Para jugar este papel de vanguardia, los valores de las culturas originarias, sus estrategias de manejo de recursos naturales y humanos tienen hoy un valor esencial en la próxima cercana lucha por la sobrevivencia del nuestra comunidad humana. Esta concepción del mundo y de la vida estuvo ya presente al fundar y concebir Irupana en 1985, pero fue evolucionando y perfeccionando en el de-sarrollo mismo del emprendimiento.

viernes, 6 de julio de 2012

HACER EL CAMBIO SOCIAL

El reto de hacer y no ser

Marcelo Sarzuri-Lima*


Una historia que nunca olvido es aquella que Hugo Zemelman nos contaba en una de sus charlas en El Alto. Él nos decía que en el Chile de Allende existían permanentes encuentros entre intelectuales y obreros, en estos encuentros se analizaba la situación del gobierno de la Unidad Popular (un partido resultado de alianzas de grupos de izquierda). Una de las preocupaciones permanente de los obreros era la dictadura, al final de los encuentros los dirigentes obreros preguntaban a la “vanguardia” qué se debía hacer en caso de que la “contrarrevolución se viniera”. Tal vez Allende se encontró con una clase obrera que sabía muy bien qué debía hacer su gobierno, por eso los obreros no sólo era una clase poderosa sino también con conciencia de sí. Pero la mal llamada “vanguardia” a veces nunca ve más allá de su mundo material, existía un intelectual de izquierda que terminaba “regañando” a los obreros por su falta de juicio y les decía que debían construir el programa del partido más que pensar en la “contra”. Lo anecdótico fue que meses después se vino la “contra”, en agosto de 1973 el Parlamento (con mayoría opositora, cualquier similitud con la realidad es pura coincidencia) declaró que muchas de las acciones del gobierno de Allende eran inconstitucionales, el hecho se constituyó en la base para que los militares y caravineros (¡todos uníos!) dictarán un Golpe de Estado. Pero las victimas siempre son diferentes, la vida de unos vale menos que la de otros, el intelectual de vanguardia terminó exiliado en algún país latinoamericano y hasta llegó a dictar clases en alguna universidad, pero los obreros corrieron diferente suerte, muchos de ellos fueron asesinados.   

Para algunos el proceso político que vive Bolivia es solamente retórica de un cambio, pero los ninguneados y los de abajo la viven y sienten en carne y hueso, porque este proceso tiene hacedores a quienes les costaron vidas. No fue la vanguardia, no fue la clase media, no fue algún diputado, no fue algún partido político, ni fueron todos los indígenas (porque toda generalización es encandiladora) los que hicieron el camino de este proceso. Tuvo que pasar una década, esa década de la repulsión (los ‘90s) y que implicó el desplome de los movimientos sociales y el auge del neoliberalismo (en su disfraz multicultural), para vislumbrar una nueva acumulación de descontento social. Pero los actores siempre fueron los mismos, esa nación construida desde abajo, esa Bolivia de cholos e indios con capacidad de hacer un cambio social que permita construir un país más inclusivo, que permita refundar la democracia y sus instituciones, que permita hablar de un país soberano, plural y sobre todo descolonizado. Por eso el proceso político boliviano tiene hacedores.

El cambio social no se construye desde bloqueos, marchas o peticiones corporativistas y sectoriales, porque lo particular, lo sectorial y corporativista nunca podrá convertirse en la totalidad social. El cambio social implica un corte, donde la parte sin parte desajusta el orden establecido bajo el principio de la igualdad; el cambio social nunca implica la lucha por privilegios o la mantención de la reclusión. En Octubre de 2003, mientras algunos hacían filas en gasolineras y surtidores esperando que todo vuelva a la normalidad, muchos alteños desajustaban el orden operativo natural del cuerpo social por una demanda nacional. Los campesinos, los indígenas y los alteños (esa articulación de lo rural y urbano que supera cualquier fetiche identitario) no luchaban mirándose a sus ombligos, ni siquiera pensaban en regalías creyéndose los dueños “naturales” de esta tierra. Luchaban por el gas para todas y todos los bolivianos. El Pacto de Unidad, esa articulación de fuerzas y movimientos sociales, fue la única agrupación que presentó una propuesta de Constitución Política pensando en la totalidad del país; todos los días alguna institución (desde policías a municipios) visitaba a los constituyentes para pedir que no se afecte en gran medida los intereses de su institución. Como dice Walter Limache (ex constituyente): “los que son tipificados de ignorantes en la calle; o sea, los ‘indios de mierda’ le han dado respuestas al país y este país, en ese sentido, se ha transformado y se está transformando”. El cambio social es la posibilidad de mirar y hacer un nosotros más inclusivo.

El cambio no es simplemente una política gubernamental, no es un líder en el poder, ni mucho menos un simple “reconocimiento” identitario. El cambio es transformar y erradicar las estructuras racistas y coloniales que están arraigadas en todas las instituciones estatales, es construir soluciones democráticas y plurales que acaben con los arcaísmos coloniales (sobre todo aquellos que encubren las grietas económicas, la exclusión social y la segmentación política). Hemos llegado a un punto donde los ninguneados están construyendo un nosotros más inclusivo y donde el Estado se está cuestionando su monoculturalidad. Pero también es cierto que los de “arriba” están cometiendo errores (el proceso político boliviano no puede valer una carretera) y por ello debemos cuestionar y sancionar cualquier prebenda, clientelismo o uso patrimonial de lo público (venga de donde venga). Toda acción del Estado y política pública debe ser construida desde la pluralidad de actores sociales y ello implica procesos lentos, consensuados e informados de transformación. El proceso de cambio se construye desde la permanente discusión sobre el mismo proceso, como decía Rosa Luxemburgo: “cuando se elimina la discusión política mueren las instituciones y solamente habla la burocracia”. ¿Qué tiene que ver lo dicho con la historia que inició este breve escrito? Los golpes políticos a los procesos de cambio siempre son una amenaza latente, nunca es paranoia; existen muchos que quieren retroceder a un estado prebendal, clientelar y patrimonial porque siempre existen intereses en juego. Pero el remedio siempre está en potenciar a los actores sociales más allá de la política paternal y asistencialista, está en construir una fuerza social múltiple que supere lo identitario y los romanticismos tradicionalistas y seamos hacedores de un proyecto plurisocietal.

*Es sociólogo e Investigador del Instituto Internacional de Integración del Convenio Andrés Bello

lunes, 25 de junio de 2012

La descolonización y las utopías; ¿Dónde estamos/dónde estoy?

Maria Nela PradaTejada
Publicado en: La Época el 21 de marzo de 2012

Hace unos veinte años el inicio de este artículo hubiese parecido una broma del “Día de los Inocentes” para una minoría acostumbrada a marcarle el paso a nuestra historia, y una utopía para las mayorías oprimidas, marginadas, invisibilizadas y silenciadas desde el nacimiento de la República de Bolivia.


La primera semana de marzo se realizó en nuestro país un nuevo Ciclo del “Seminario Internacional Pensando el mundo desde Bolivia: Economías alternativas para Vivir Bien”, organizado por la Vicepresidencia del Estado Plurinacional de Bolivia.

La última noche del Seminario, en un encuentro titulado “Crisis financiera y refundación de la economía”, el compañero Ignacio Ramonet dio una conferencia en el Banco Central de Bolivia, la cual posteriormente fue comentada por Luís Alberto Arce Catacora, Ministro de Economía y Finanzas Públicas que acompaña al Presidente Evo Morales Ayma desde el inicio de la Revolución Democrática y Cultural que estamos viviendo.

¿Hasta aquí, algo le pareció extraño?

Seguramente no; pero si retrocedemos el tiempo, tan sólo siete, diez o veinte años atrás, por no ir más lejos, y volvemos a leer el tema del Seminario: “Economías alternativas para Vivir Bien”; las personas que compartían la mesa en la conferencia (Ignacio Ramonet y el Ministro de Economía y Finanzas Públicas de nuestro país); el lugar donde se realizó (Banco Central de Bolivia); la entidad que lo organizó (Vicepresidencia); y durante el gobierno de quién se efectuó (Evo Morales Ayma); pues el inicio de este artículo hubiese parecido una broma del “Día de los Inocentes” para una minoría acostumbrada a marcarle el paso a nuestra historia, y una utopía para las mayorías oprimidas, marginadas, invisibilizadas y silenciadas desde el nacimiento de la República de Bolivia.

Precisamente de esto empezó hablando Ignacio Ramonet, de las utopías. Contó la historia de Tomás Moro y de su “Libellus...De optimo reipublicae statu, deque nova insula Vtopiae” (Libro Del estado ideal de una república en la nueva isla de Utopía), publicado en 1516 y en el que el autor de origen inglés, describe una comunidad ideal que contrasta con la sociedad de su época, él imagina un vivir bien.

Esa República creada por Tomás Moro en su Libellus, no sólo es hasta hoy un relato de referencia, sino que a partir de ese momento la palabra “Utopía” se convierte en un concepto muy importante, por lo general relacionado a la representación de un mundo ficticio. Como Moro dio el nombre de Utopía, que significa “no lugar”, a la comunidad que él narraba; la utopía es asociada a algo inexistente, irrealizable, imposible de construir; pero como bien decía Ramonet, muchas ideas utópicas se han convertido en realidad, y de tal manera, que hoy ya ni siquiera pensamos que en algún momento fueron utopías, como el fin de la esclavitud (sistema de compra y venta de seres humanos como mercancías), el voto de la mujer, los derechos políticos, sociales, económicos, colectivos, culturales y ecológicos.

Mientras escuchaba a Ignacio Ramonet, tan apasionado como siempre, no podía evitar pensar en lo siguiente:

Que Evo Morales Ayma, un indígena originario campesino haya ganado con una amplia e histórica mayoría las elecciones generales de 2005, y que hoy sea Presidente de nuestro país; ¿no era una utopía?

Que además de una distribución y redistribución de ingresos y riqueza, haya una redistribución de sueños y horizontes de vida; que hoy niñas y niños indígena originarios campesinos sepan que pueden llegar a ser Presidentas y Presidentes del Estado; ¿no era una utopía?

Que haya paridad en el Gabinete Ministerial, que hombres y mujeres indígena originario campesinos actualmente estén ocupando cargos jerárquicos en todos los Órganos del Estado; ¿no era una utopía?

Que uno de los Ministerios más elitistas y coloniales en nuestra historia como el de Relaciones Exteriores esté dirigido por un Choquehuanca que propone al mundo la Diplomacia de los Pueblos, el Vivir Bien, la Cultura de la Vida; ¿no era una utopía?

Que el agua haya sido declarada por la Organización de Naciones Unidas, como un derecho humano gracias a una propuesta realizada por Bolivia y que aquí tengamos una Ley de Derechos de la Madre Tierra; ¿no era una utopía?

Que las Fuerzas Armadas y la Policía Nacional se declaren antiimperialistas, anticolonialistas y anticapitalistas; pero además, que hoy lleven la wiphala en sus uniformes al lado de la bandera tricolor; ¿no era una utopía?

Que se haya convocado a una Asamblea Constituyente con la participación de pueblos indígena originarios donde se geste una nueva Constitución Política del Estado que establece que dejamos atrás el pasado colonial, republicano y neoliberal; y que desde la profundidad de la historia, inspirado en las luchas del pasado, en la sublevación indígena anticolonial, en la independencia, en las luchas populares de liberación, en las marchas indígenas, sociales y sindicales, en las guerras del agua y de octubre, en las luchas por la tierra y territorio, y con la memoria de nuestros mártires; asumimos el reto histórico de construir colectivamente un nuevo Estado, Plurinacional Comunitario fundado en la pluralidad y el pluralismo político, económico, jurídico, cultural y lingüístico; ¿no era una utopía?

Un Estado que asuma y promueva como principios ético-morales de la sociedad plural: ama qhilla, ama llulla, ama suwa (no seas flojo, no seas mentiroso ni seas ladrón), suma qamaña (vivir bien), ñandereko (vida armoniosa), teko kavi (vida buena), ivi maraei (tierra sin mal) y qhapaj ñan (camino o vida noble); ¿no era una utopía?

Un Estado independiente de la religión que respete y garantice las diferentes creencias espirituales, y que en los centros educativos se fomente el respeto y la convivencia mutua entre las personas con diversas opciones religiosas, sin imposición dogmática y sin discriminación, ¿no era una utopía?

Establecer que nuestra educación es descolonizadora, intracultural, intercultural y plurilingüe en todo el sistema educativo, y que éste se fundamenta en una educación abierta, humanista, científica, técnica y tecnológica, productiva, territorial, teórica y práctica, liberadora y revolucionaria, crítica, solidaria; y además orientada a la conservación y protección del medio ambiente, la biodiversidad y el territorio para el Vivir Bien; ¿no era una utopía?

Que nuestra Constitución Política del Estado instituya que los medios de comunicación social deben contribuir a la promoción de los valores éticos, morales y cívicos de las diferentes culturas del país, así como con la producción y difusión de programas educativos plurilingües y en lenguaje alternativo para discapacitados, ¿no era una utopía?

Que todas las formas de organización económica (comunitaria, estatal, social cooperativa y privada) tengan la obligación de proteger el medio ambiente; y que el Estado, si bien tiene entre sus funciones promover prioritariamente la industrialización de los recursos naturales renovables y no renovables, debe hacerlo en el marco del respeto y protección del medio ambiente, ¿no era una utopía?

Que se visibilice constitucionalmente la economía comunitaria, que comprende los sistemas de producción y reproducción de la vida (no de la ganancia); fundados en los principios y visión propios de las naciones y pueblos indígena originario y campesinos; así como que se establezca que para eliminar la pobreza social y económica, para el logro del Vivir Bien en sus múltiples dimensiones, la organización económica boliviana señala como uno de sus principios la participación activa de las economías pública y comunitaria en el aparato productivo; y que el Estado fomentará y promocionará el área comunitaria de la economía como alternativa solidaria en el área rural y urbana; ¿no era una utopía?

Que en la Estructura y Organización económica del Estado se señale claramente que la economía social y comunitaria complementará el interés individual con el Vivir Bien colectivo; ¿no era una utopía?

Un Estado que tenga como uno de sus principales fines constituir una sociedad justa y armoniosa, cimentada en la descolonización, sin discriminación ni explotación, con plena justicia social, para consolidar las identidades plurinacionales ¿no parecía algo de ciencia ficción?

Hablar de la descolonización del Estado en el Estado era una utopía y hoy es una realidad; evidentemente compleja y en muchos casos contradictoria, especialmente por las estructuras estatales profundamente coloniales que hemos heredado; por la colonialidad del ser, del saber, del poder y del hacer que aún nos tiene atravesados; y que además se reproduce cotidianamente en las prácticas técnico-burocráticas de un nuevo Estado en construcción, hay aciertos y errores en este camino que estamos haciendo al andar; pero pensar y reflexionar la descolonización del Estado desde el Estado, afortunadamente ya no parece una broma del “Día de los inocentes”.

Hasta hace algunos años en mi vocabulario no existía la palabra descolonización, por lo menos no asociada a un proceso político, económico y cultural tan vigente. No había relacionado la colonización a la acumulación primaria del capital y a la reproducción de prácticas coloniales racistas que se mantienen hasta nuestros días. En el colegio donde estudiaba, el año 1992 se realizó uno de los más grandes eventos, denominado “500 años en América, 500 años con Cristo”, y en ese entonces yo entonaba, sin ningún tipo de reflexión, el himno cruceño que en una de sus estrofas dice: “La España grandiosa con hado benigno aquí plantó el signo de la redención”; así que ya se darán una idea del proceso de liberación que estoy viviendo, ya que nuestra realidad inmediata de transformación, somos nosotros mismos.

Que hoy esté dialogando sobre la descolonización, imaginando el Vivir Bien, reflexionando sobre el capitalismo y su crisis estructural, pensando en un nuevo modelo económico junto al Ministro de Economía y Finanzas Públicas del gobierno del Presidente Evo Morales Ayma; y hablando sobre utopías con Ignacio Ramonet; hubiese parecido otro relato de Tomás Moro; pero no, hoy la descolonización se despliega con toda la fuerza viva del pasado.

La descolonización está aquí, interpelándome/nos en todo momento, desde abajo, desde atrás, desde dentro y fuera del Estado; el proceso de cambio consciente o inconscientemente se está dando en mi, en usted, en nosotros; y aquella profecía del pueblo lakota, ese “no lugar” imaginado en el Sur, hoy se está haciendo realidad:

“...Llegará el día en que nos demos cuenta de que todo lo que somos, nuestra existencia misma, se la debemos a las gentes que han reservado su cultura y su herencia, a esas personas que han mantenido con vida los rituales, las historias, las leyendas y los mitos. Y será gracias a este conocimiento que ellos han preservado, como volveremos a estar otra vez en armonía con la Naturaleza, con la Madre Tierra y con la humanidad misma. Y descubriremos que este conocimiento es nuestra clave para la supervivencia. Éstos serán los Guerreros del Arco iris, y ésta es la razón que me impulsa a proteger la cultura, la herencia y los conocimientos de mis antepasados”.

lunes, 14 de mayo de 2012

Las nuevas versiones del racismo

Por: Katari
Publicado en La Época 14 de Mayo de 2012
La Paz -Bolivia

¿Creímos por casualidad que el racismo iba quedando lentamente en el pasado? ¿Que los aberrantes hechos del 24 de mayo de 2008 eran sólo un problema de los universitarios de Sucre? ¿De las pulcras católicas de Santa Cruz? ¿De los oligarcas de la media luna?

Las movilizaciones del último mes están para demostrarnos que no. Que el racismo nos constituye identitariamente de la cabeza a los pies. Somos racistas. Retomando una idea del viejo Kant, diríamos que el racismo actúa como un determinante solapado de nuestra voluntad, de nuestras acciones, de nuestra socialidad. Por eso, cuando las acciones de los indios no condicen con nuestras buenas intenciones de transformación del mundo nos invade la ira y arremetemos con insultos, gesticulaciones, palos si es preciso. Atacamos, claro. Faltaba más: indios de mierda, ¡atreverse a enfrentarnos!

¿Que no es así?

El paro médico ha sido pródigo en ejemplos. Lo que parecía en un principio una mera demanda sectorial ha terminado mostrando su verdadera cara. Ya nos parecía sospechoso el discurso contra las 8 horas. ¿Por qué no quieren trabajar 8 horas? ¿Porque ellos son “doctores”? ¿Sólo los indios trabajan 8 horas (o más)? ¿Los “doctorcitos” sólo trabajan 6 horas? ¿Y de dónde habían salido “conquistas” de ese tipo?  Igual ocurre en la “U”: los “doctorcitos” son los únicos que con menos carga horaria tienen tiempo completo. ¿Por qué? ¿Piensan más? ¿Trabajan más? ¿Valen más que cualquier otro profesional? ¿Ellos son profesionales de primera? ¿Y a los demás que se los coma el perro?

Claro, era inevitable que esta clase feliz (trabajan menos, ganan más) reaccionara biliosamente cuando los indios atrevidos reclamaron lo que a todo el mundo tiene que parecerle lógico: primero, que trabajen y, segundo, que trabajen como cualquier persona de a pie, 8 horas. La actitud que asumió Luis Larrea, Presidente del Colegio Médico de La Paz, en la entrevista que le hizo PAT la semana pasada fue por demás elocuente. Con un despotismo más que cínico alegó a favor de la “conquista” de las 6 horas y pidió a su interlocutora “respeto”. ¿Conquista? Que sepamos, las conquistas son para toda la clase trabajadora. Cuando las “conquistas” son sólo para un sector, por encima de los derechos y obligaciones de todos, se le llama “pri-vi-le-gio”. ¿Qué han hecho los médicos para tener privilegios? ¿Qué les debe el país a ellos? ¿Alguna vez se han preguntado más bien qué es lo que le deben ellos al país? ¿Se les ha ocurrido siquiera tener un ápice de gratitud y la voluntad de devolver parte de lo que recibieron? Reciprocidad, dicen en el mundo andino. Pero reciprocidad, gratitud, son palabras que no están en el vocabulario de los médicos. Una vergonzosa racionalidad instrumental guía sus actos. Utilizan al país para empoderarse y desde allí escupir sobre el esfuerzo colectivo que les permite ser lo que son.

Y lo hacen, además, a título de “saber”. Aquello que han recibido del Estado y de todos los ciudadanos contribuyentes que ayudamos a sostener las universidades públicas, el conocimiento médico, es el mecanismo que utilizan para empoderarse. Desde ahí dividen el mundo entre “los que saben” y “los que no saben”, una de las múltiples formas de esconder el racismo que los atraviesa. Si de saberes se trata, más de un médico debiera pasear por las calles con orejas de burro pero como tapan sus errores con tierra no es fácil ponerlos en evidencia. Tienen el cinismo de obligar a la gente a firmar documentos que los liberan de responsabilidad cuando de operaciones se trata. ¿Y entonces de quién es la culpa de una muerte? ¿Del muerto? Como el tema de los dos recién nacidos que murieron por negligencia médica. Encima, cobardes.

Esos “sabihondos” son los que han sacado letreritos “denunciando” que el Presidente no es bachiller, acusándolo de ignorante. ¿No me cree? Si usted, amable lector, va a emergencias del Hospital Obrero, podrá leer en la entrada, en un papelógrafo, la siguiente frase: “Por eso me alegro de no haber ido a la universidad (Evo Morales) [sigue abajo diciendo] Nada es más peligroso que la ignorancia sincera y la estupidez concienzuda”. No podía ser de otro modo. Había que mentir y falsear. La frase del Presidente responde a un contexto, el rechazo a la deformación política que es propia de las universidades estatales, a su falta de compromiso con la población. Para ser gente, no se necesita ir a la universidad y ese es el caso del Presidente. En cambio otros, como los médicos, ni con toda una vida en la universidad podrían aprender a ser gente. No tienen amor por este país.

Pero, en el tema de fondo, ¿qué es lo que muestra la soberbia médica? Su racismo frente a los indios atrevidos que quieren que trabajen y, sobre todo, su bronca contra “el indio” Presidente. ¿Cómo, pues, un indio se va a atrever a quitarles sus privilegios? ¿A ellos, a los “doctorcitos”? ¿No era suficiente con haberlos obligado a renunciar a sus jugosos salarios con la ley financial? ¿Cómo un indio ignorante les va a dar clases de compromiso con el país? ¿Compromiso? ¿Qué es eso? Y entonces, sólo queda una salida: tumbar al indio. Ahí sí: ¡hasta las últimas consecuencias! Todos juntitos, médicos y universitarios, patrones y lacayos, movimientistas… sin miedo.

Pero el racismo no es un tema sólo de los médicos. Estamos en una convergencia de movilizaciones de distinta índole pero de un mismo tenor: la reactivación de un racismo profundo que se expresa en distintas formulaciones. Tan igual es la consigna “el que no salta es masista”, vergonzosamente característica de los universitarios en proceso de blanqueamiento cultural y elitización profesional, que “el que no salta es transportista”. El enfrentamiento de “los vecinos” de la zona sur con los transportistas el martes 8 fue sin duda un enfrentamiento de clases pero, sobre todo, un ejemplo del racismo que se despliega en actos y discursos. La agresividad de la pequeña burguesía de la zona sur no fue casual. ¿Quiénes eran esos indios para cortarles la circulación? ¿Qué son los transportistas sino indios? Por eso mismo, era un tema de territorialidad: estaban en su espacio, invadiéndolo, y no había otra alternativa que no sea sacarlos. El dominio del territorio no es sólo un acto físico sino, sobre todo, simbólico y político. Expulsar a los transportistas significaba expulsar a los indios, no permitir que ellos impongan por la fuerza su voluntad, por eso el enfrentamiento duró todo el día, sin que disminuyera el nivel de agresividad.

El tercer ángulo está asociado a toda la construcción discursiva que se ha hecho en torno al TIPNIS. El argumento que se ha utilizado para desvirtuar el pedido de la construcción de la carretera es que quienes lo promueven son cocaleros y que el “móvil” sería un mejor flujo del narcotráfico. Igual que “masista”, decir hoy “cocalero” es casi un insulto. La prensa ha llegado al extremo de oponer “cocalero” a “ciudadano”. Entonces, ¿los cocaleros no son ciudadanos?, ¿los indios no son ciudadanos?

La arremetida de todo el pensamiento colonial contra el proceso de cambio ha reactivado una caracterización racista de lo indígena. Hace 500 años, decir “indio” significaba decir flojo, vicioso, ignorante, amoral, violento, etc. Hoy, decir “indio” significa todo eso más otras notas: colla, llama, cocalero, masista, bloqueador...  El único indio bueno es el que no se subleva, el que se somete, el que pide las cosas “por favor” al patrón, el que no atenta contra sus intereses, el que se deja comprar. Como los TIPNIS, como los Adolfos Chávez, los Rafaeles Quispes, que agachan la cabeza y extienden la mano ante los gamonales y oligarcas. Esos sí son “hermanos indígenas” (pero, por sí acaso, mejor que vivan allá en la selva, colgados del árbol al lado de los monos, decorando el paisaje). Para ellos todo: la dádiva pero también la lástima.

Estamos, pues, en un punto crucial donde se anudan los intereses de clase con un racismo beligerante. Pareciera como si hubiese llegado la hora de enfrentar al gobierno para destruir lo que hoy son las conquistas más importantes del proceso de cambio: la voluntad de los indios de no dejarse aplastar, de tomar su destino en sus manos y no permitir que otros decidan por ellos, de distribuir la riqueza de manera más equitativa, de construir otros caminos de desarrollo. Las clases medias braman echando espuma por la boca, proclamando su derecho a ganar más, infinitamente más -como los docentes universitarios- pero, sobre todo, su voluntad de que ningún indio de mierda les discuta ni se les enfrente. Hay que tumbar al indio, consigna para todos.

Todos somos racistas, sí. La razón colonial nos ha constituido históricamente, pero habemos quienes no estamos dispuestos a seguir reproduciendo los parámetros de opresión y dominación, quienes apostamos por caminos libertarios y emancipadores, los que queremos y somos constructores de otra historia. Somos los que nos pondremos al frente de la barbarie colonial, venga de donde venga. Sería bueno que no lo olviden.